El Gran Día: la música como camino hacia la paz en Putumayo
7 de marzo de 2025

Es el inicio de una celebración que trasciende el tiempo y el espacio: el Bëtsknaté y el Atun Puncha, El Gran Día.
En esta fecha, la música y la danza no son solo expresiones artísticas, sino vehículos de memoria, resistencia y encuentro.
Para Olimpo Herrera Jacanamijoy, formador y apoyo pedagógico del Programa Sonidos para la Construcción de Paz en el Alto Putumayo, la festividad es una oportunidad para que la comunidad se exprese a través del sonido.
“Hoy en día, el silencio mata, lo que nosotros queremos es vida. Con nuestros instrumentos, con nuestras palabras, con nuestra lengua, podemos decir lo que sentimos, lo que somos, lo que queremos. En el Gran Día, la música es una extensión de nosotros; los instrumentos dicen cosas que las palabras a veces no logran”, contó.
En las calles, los pasos de danza resuenan como una conversación entre generaciones.

Iván Agreda, gestor territorial del Nodo 10, donde se ubica la comunidad Kamëntsá, lo describe así: “El Bëtsknaté es un día tan grande que lo asemejamos a la Madre Tierra, porque ella reúne a muchas familias. Nos acordamos de quiénes somos, de lo que aprendimos de nuestros abuelos. También es una oportunidad para decir ‘lo siento’, no solo a los demás, sino a nosotros mismos. Cada año es un nuevo inicio”.
La música y la danza no solo permiten ese reencuentro con el pasado, sino que también son una forma de educar. Martha Quinchoa, rectora de la Institución Etnoducativa Rural Bilingüe Inga Iachai Wasi Carlos Tamabioy, lo ve como un puente para el aprendizaje en las aulas.
“Gracias a ‘Sonidos para la Construcción de Paz’, hemos fortalecido nuestra educación propia. Nosotros hablamos siempre de paz: paz con la familia, con uno mismo, con la Madre Tierra, con los animales, con la música. En la institución, nuestros niños aprenden desde pequeños a sembrar vida, a tocar un instrumento, a armonizar cantando en lengua materna y a danzar nuestras propias danzas”, explicó.

Vivir las artes para la paz
La educación se convierte en una forma de salvaguardar la cultura, de asegurarse de que las raíces sigan firmes en las nuevas generaciones. Kelly Agreda, formadora y parte de la comunidad Inga, lo vive de cerca con sus estudiantes.
“La mayoría de ellos son Ingas, como yo, y en el aula recordamos lo que nos dejaron nuestros abuelos. Qué significa nuestro rebozo, nuestra corona, nuestras fajas, nuestra cusma. Ellos nos cuentan lo que se hace en sus casas, cómo preparan la chicha, lo que dicen sus abuelos. Aprendemos de ellos y ellos de nosotros”.

El Gran Día no es solo un encuentro de música y danza, sino un espacio donde los sonidos viajan con la intención de sanar, conectar y renovar.
Como dijo Iván Agreda: “La música es un lenguaje que traspasa, que viaja. No necesita palabras para existir. La humanidad va a desaparecer y la música seguirá sonando sin nosotros. Por eso, debemos mirarla como parte de nuestro equilibrio y nuestra armonía”.

Celebrarse en El Gran Día
El Gran Día es también una celebración del presente, un recordatorio de que la vida se vive en el ahora.
«Nosotros los Inga decimos que es Kawsankamaya, que es vivir el ahora, mientras estemos vivos«, compartió Olimpo Herrera.
En medio del ritmo de los tambores y el eco de las flautas, la comunidad se reúne no solo para recordar a sus ancestros, sino para reafirmar su existencia en el mundo y fortalecer los lazos con quienes los rodean.
Pero la tradición no se limita solo a la música y la danza. El Gran Día también es un tiempo de agradecimiento.
Para Iván Agreda, cada acorde y cada movimiento son una forma de ofrenda:
«Ofrendamos por estar vivos, por encontrarnos con quienes no hemos visto en mucho tiempo. La tierra nos ofrece alimentos, nos da energía y pensamiento, y nosotros le devolvemos lo mejor que tenemos: nuestra música y nuestro arte».
En este tejido de sonidos, historia y comunidad, la educación y el arte se convierten en caminos para el futuro. Los sabedores, formadores y músicos no solo transmiten conocimientos, sino que también siembran en cada nota la certeza de que la paz se construye a diario.
Martha Quinchoa afirmó: «Sembramos vida, sembramos saberes. Y la cosecha llega cuando nuestros niños tocan un instrumento, cantan en lengua materna o danzan con orgullo. Ahí está nuestra paz, nuestra memoria y nuestro futuro».

Sonidos para la Construcción de Paz es un programa que reconoce la importancia de esta celebración no solo como un acto de memoria, sino como un mensaje de resistencia y unidad.
En cada acorde, en cada paso de danza, en cada historia que se comparte, la música se convierte en un pilar para la paz. En el Putumayo, la cultura no se limita a ser observada: se vive, se canta, se toca, se danza… y se siembra para las generaciones futuras.
Créditos fotográficos: Juan Manuel Aranzazu García.
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